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la entrega

Para P., el único que conmigo- sabe quién es quién en esta historia

Las horas son eternas cuando él no está.
 
Vivo para oír sus pasos, sentir su respiración excitada cada vez que se acerca y experimentar el contacto de sus manos diestras en mi cuerpo, tembloroso de emoción. 

Aunque debo admitir que hay días en los que quisiera estar muy lejos de aquí.
Son aquellos momentos en los que mi guardián está disgustado, muchas veces no soy lo que él espera. Y lo lamento tanto que quisiera morir. Es durísimo sentirse así, impotente e inútil. 

Pero lo que más me duele es su ausencia. Cuando pasa días sin entrar a mi celda, dejándome la comida por el agujero de la puerta sin una palabra. Y trago la comida, tornando su sabor con mis amargas lágrimas.
 
Para mi no existe peor castigo que su ausencia.

Sin embargo, en otros momentos, en aquellos dorados momentos en los que él se siente orgulloso de su prisionera, cuando acaricia mi cara con mimo y besa la parte del cuerpo que  acaba de azotar con rudeza, son esos instantes en los que olvido todo, mi yo, mi nombre y soy él, me fundo en él, me convierto en la sangre que hace palpitar su cuerpo.

Es cuando olvido quién soy, la hija de un rey, mimada, caprichosa y caigo en la cuenta de que hoy, sin él, podría morir no ya de hambre -lo cual no seria tan malo-, sino de soledad y desesperación.

Por suerte puedo escribir, contar esto para desahogarme, aunque nadie pueda leerlo, ya que nunca volveré a ver la luz del sol o el mar bravío que azota las costas de mi reino, o su cielo, plomizo y tormentoso.

Mi padre, un rey poderoso y con muchos enemigos negaba sistemáticamente mi mano a todo aquél que la solicitara. 
 
Mi carcelero un príncipe de un reino cercano-, rogó por mi mano más de diez veces. Y confieso que secretamente me burlé de él en varias ocasiones.
 
Un día dejó de insistir y realizó una brutal invasión en mi reino. La mayor parte de las mujeres fueron raptadas, desde pequeñas de seis años hasta mi nodriza, una anciana de más de sesenta años.
 
Fuimos hechas prisioneras y no tardé nada en descubrir que el poderoso enemigo de mi padre y mi captor eran el mismo que fue motivo de mis risas tantas veces. Me avergüenza admitir que ninguno de mis antiguos pretendientes trató de rescatarme.

Al principio no caí en la cuenta del cambio de situación y lo trataba con superioridad, a pesar de que él también es de sangre real. Él me ignoraba y dejaba que me moviera a mi antojo por su castillo. Mas, un día, aprovechando un descuido de los guardias, quise escapar, volver a mi reino, con mi padre. 
 
No llegué lejos, él mismo me trajo de vuelta, me humilló frente a todos, azotándome desnuda públicamente, dejándome expuesta a cualquiera que quisiera verme y finalmente, me encerró aquí, en esta torre. 

De cualquier manera, a estas alturas, creo que no abandonaría nunca a mi carcelero, que me posee totalmente. Hoy estoy segura de que si me pusiera en la puerta de su palacio y me diera la libertad, me tiraría allí mismo, a dejarme morir, abandonada de la mano de Dios.  

Supe por una de mis antiguas damas que mi padre le ofreció a mi captor una fortuna por mi libertad. Mas, él envió a los emisarios diciendo que no era cuestión de oro ni de joyas, sino que se había aficionado a mí y que si le enviara todo el oro de su reino y aún así le diera su propio trono nunca recuperaría a su hija, que le pertenecía, era su pertenencia más preciosa.

Aquello me desconcertó y no sabía que pensar. Significaba tal vez que yo también tenía algún poder sobre mi príncipe? 
 
Cuando terminé la conversación con mi dama -ahora feliz esclava de un fuerte caballero-, sentí vértigo, el mismo que experimento cuando me asomo las altas almenas del castillo.

Esa tarde, en la visita diaria, me encontró acostada.
 
Se deshizo de su ropa con premura y lo sentí desnudo contra mie spalda. Aquello me conmovió, no sé muy bien porqué, pero lágrimas silenciosas se deslizaron por mi cara, creo que de
felicidad.

Él me abrazó, con cariño, y secó mis lágrimas con sus manos finas. Me sentí en la gloria, sabiendo que estaba a mi lado, sin necesidad de hablar. Pronto a él también se le escaparon unas lágrimas.
 
Me sobresalté, nunca lo había visto así, tan quebrado. Hizo que me volviera y quedara frente a él. Con voz dolida me dijo que sabía que no le quería y que me iba a devolver a mi padre, porque finalmente había comprendido que no se puede retener a quien no quiere. Que podía ser su prisionera y tener y retener mi cuerpo, pero que no podía poseer mi alma y eso era lo que realmente necesitaba de mí.
 
Se levantó de un salto y me pidió que juntara mis cosas y me preparara. En una hora salía un carruaje hacia el castillo de mi padre.

El vértigo, nuevamente el vértigo me atenazó los sentidos. Quería ser una cautiva por propia voluntad y no lo dudé un minuto. 
 
Me tiré a sus pies y abracé sus rodillas como un náufrago a un madero. Le juré por su vida mucho más valiosa que la mía- que no podía dejarlo. Que simplemente si quería matarme, que sacara su daga y la clavara en mi corazón, pero que no me dejase en esta agonía.

Sus ojos se iluminaron y una sonrisa que nunca había visto se esbozó en su rostro. Hizo que me incorporara y me besó. Y supe que ambos habíamos comprendido quién era quién en esta historia.

Debo dejar de escribir ahora, porque mi príncipe viene a mí y es muy celoso de su tiempo...

18 de mayo de 2001

Para m., la única que -conmigo- sabe quién es quién es esta historia.

Vivo para ella; para cuidarla, para castigarla, para alimentarla, para humillarla, ... para ignorarla ...; pero, incluso cuando la ignoro, vivo para ella; porque no puedo alejarla de mi pensamiento ni un solo instante.

Me tortura tanto esta situación, esta obsesión que me va carcomiendo día a día, que intento aplacarla (quizás disfrazarla), sometiéndole a ella a torturas y humillaciones; la peor de todas la que sé que la causo con mis insultos, mis chanzas, mi desprecio, mis ironías ... cuando ridiculizo su fortaleza.

Luego viene el arrepentimiento. Paso varias jornadas sin acudir a la cita, sin dirigirme a ella; limitándome a darle el escaso alimento que corresponde a un prisionero: el agua y el pan, .. que, sin que ella lo advierta, beso antes de introducirlo en la celda por un agujero.

Y después de la penitencia, de sentir que mi Dios y mi conciencia me han perdonado, o que simplemente les he engañado una vez más, me permito gestos de ternura con mi prisionera; nunca directamente, siempre como aliviando o compensando el castigo infligido ... alargando quizás éste más de la cuenta, para poder así acariciarla también más. Y ella no dice nada.

La miro y pienso: ¿dónde está ahora tu soberbia, princesa?, pues princesa es de un reino vecino; ¿dónde está ese donaire, esa gracia al moverte?; mírate ahora, rodeada de cadenas en vez de cortesanas y pretendientes.Y, sin embargo, vuelvo a engañarme; porque el donaire lo conserva, igual que su belleza y su elegancia; es más, diríase que todas las virtudes que la adornan resaltan aún más entre esos andrajos.
 
La miro y, aún postrada a mis pies con la vista también caída, veo en ella a la princesa cuya mano pretendí tantas veces y que tantas veces se me negó. Pero no fue esa negación la causa de mi cólera y de esta situación en la que ahora ambos vivimos, sino sus burlas; el Rey, su padre, me hirió en mi orgullo; ella me hirió en mi entregado amor.

Decidí que debían cambiar las tornas de esta humillante representación y cobrarme -de una vez- dos piezas: la derrota militar del rey que me había ofendido y, como botín, el rapto de la princesa que me había despreciado.

Aun rememoro la cara, entre aterrada y sorprendida, de mi otrora amada, cuando descubrió que su ahora raptor no era sino el más rendido y enamorado de sus pretendientes.Y también recuerdo las amenazas, las últimas amenazas, que salieron de su boca sobre el castigo que tendría.

Pronto las amenazas cesarían, pero no así su actitud de falsa dignidad y de desprecio, esperando aún, inútilmente, que algún caballero la rescatase. Por mi parte sabía que tenía de aliado al tiempo y le dejaba hacer su trabajo.

Mas un día, en un exceso de confianza por parte de la guardia y en un gesto tan inútil como infantil por parte de la princesa, pretendió huir. Fui yo mismo a por ella e, indignado por tal estupidez, la desnudé y azoté públicamente, le hice presenciar el castigo de sus guardianes y la recluí en la torre, donde pasa sus días desde hace ya más de un mes.

Dicen que dos meses es el tiempo que necesita una montura para reconocer a su Dueño y obedecerle en todo. Pues bien, a eso me dedico de pleno, a domar esa yegua salvaje; con la fusta y, cuando -ya resignada- se muestra obediente, con las caricias y las palabras dulces que se haya ganado.

Intuyo que ella piensa que todo es una venganza y que, llegado el momento, la devolveré a su padre. Mas no sabe que, ofrecido ya el oportuno rescate por su libertad, lo desprecié. No tanto para humillar más al vecino derrotado, sino porque, una vez consumada la venganza, el antiguo sentimiento de amor que por ella sentía conquistaba de nuevo, palmo a palmo, el reino más frágil de todos, el corazón.

Más ahora que, con la resignación a su nueva condición de cautiva, había desaparecido lo único que de ella me había desagradado alguna vez.
 
Pero me hallaba en una encrucijada difícil; no podía mantener durante más tiempo esta situación absurda, pero tampoco quería devolverla a su reino; temía perderla, ... yo  ... tenía miedo.

Después de darle mil vueltas durante toda la noche, me dirigí a su estancia, aún la encontré acostada; me desnudé y me acosté a su lado. No podría decir si estaba ya despierta o se despertó al sentir el contacto de mi piel contra su espalda, pero no dijo nada; La abracé tiernamente, acaricié su cara y percibí cómo la recorrían unas lágrimas que sequé.

Eso terminó de romperme y, al mismo tiempo, de decidirme ...; nunca más esas lágrimas serían de una infeliz cautiva, resolví. Y lloré con ella, mis últimas lágrimas de carcelero. La tomé de los hombros y con cuidado le di la vuelta, levantándole la cara por primera vez para que nuestras miradas se encontraran.
 
Con voz temblorosa y lo más solemnemente que pude le dije que era libre; que no quería que fuera durante más tiempo mi prisionera; que no tenía sentido cargar de cadenas y de castigos su cuerpo, hasta doblegarlo, y perseguir inútilmente su alma.
 
Había tomado una resolución, partiría en una hora. Le ordené que dispusiera sus escasas pertenencias, mientras se preparaba el carruaje.

Entonces ocurrió algo extraño; no sé bien qué; quizás un milagro; y, como todo milagro, vino precedido de un signo extraordinario; en este caso, su mirada; nunca vi tanto miedo en una mirada, ni siquiera en el campo de batalla.
 
Se arrojó a mis pies y me pidió que le diera muerte allí mismo, pero que no le pidiera, que no le permitiera, que no le ordenara irse, porque esa tortura sería peor que la muerte.

¿Qué se puede hacer ante un milagro, ante un regalo del cielo? Aceptarlo. No hacerlo sería una ofensa a Dios. Tomé ese regalo en mis brazos, lo alcé como quien ensalza su joya más delicada, la sonreí, la besé y me entregué a ella.

Y supe que ambos habíamos comprendido quién era quién en esta historia.

18 de agosto de 2001